Pensemos en la realidad técnica de nuestras calles. Mientras la industria se obsesiona con un presente de vehículos eléctricos y un mañana de vehículos autónomos, estamos ignorando el verdadero «elefante en la habitación»: la inmensa inercia del parque automovilístico global. Nuestras ciudades están llenas de vehículos que, aunque la narrativa tecnológica considere obsoletos, siguen siendo plenamente funcionales.
El freno de los 2.000 millones de toneladas
No existe un botón mágico para que los coches de gasolina desaparezcan. En el planeta hay 1.300 millones de coches[1]. Con un peso promedio de 1,5 toneladas por unidad, hablamos de una montaña de más de 2.000 millones de toneladas de hierro, aluminio y plástico. Es una riqueza material que la gente pagó con sus ahorros y que las familias no van a descartar hasta que deje de serles útil.
Por su parte, los fabricantes tampoco pueden reconfigurar sus cadenas de suministro de la noche a mañana. Sustituir este parque exigiría una capacidad de producción que las fábricas, limitadas por la escasez de componentes, simplemente no pueden alcanzar. No es que no queramos cambiar, el sistema tampoco puede digerir un giro tan brusco. Esa «inercia de la materia» es el freno de mano físico de la transición inmediata a la movilidad autónoma.
«Hablamos de una montaña de más de 2.000 millones de toneladas de hierro que las familias no van a descartar hasta que deje de serles útil.»
De la inercia de la materia al techo de cristal
Es paradójico que mientras el marketing aspiracional de marcas como Tesla nos vende su «techo de cristal» físico como una ventana a la movilidad limpia y despejada, la industria en su conjunto está golpeando otro techo de cristal. Uno invisible, mucho más duro y de carácter geopolítico: la falta de infraestructura, energía y materiales para hacer realidad el cambio.
El coche autónomo es, por definición, eléctrico. No pueden vivir el uno sin el otro. Un vehículo autónomo requiere ser eléctrico para que el software pueda «hablar» directamente con el tren motriz sin el ruido, las vibraciones y la inercia mecánica de la combustión. Un Tesla es, esencialmente, un iPhone con ruedas. Esto nos sitúa ante una doble dependencia de recursos. Si bien en el siglo XX, la geopolítica se centraba en el control del petróleo en la próxima década, el tablero será más complejo: la lucha será, o ya lo es, por el litio destinado a las celdas de almacenamiento y por las tierras raras, como el neodimio, críticas para los motores de imanes y para los semiconductores de alta potencia. Sin Neodimio el vehículo no puede «pensar».
Imaginemos la magnitud del desafío físico que enfrentamos. Según los datos del Electric Vehicle Outlook 2025 de BloombergNEF, la masa de metales críticos —litio, cobre y aluminio— necesaria para la transición debe dispararse de los 12 millones de toneladas anuales que procesamos hoy a los 53 millones de toneladas en 2040[2]. Esta proyección no es solo un número; es un recordatorio de que la geología impone su propio ‘techo de cristal’ sobre la tecnología. Sin esta base material, el software de conducción autónoma más sofisticado carecería de baterías par moverse.
«Estamos golpeando un techo de cristal invisible, mucho más duro y de carácter geopolítico: la falta de infraestructura, energía y materiales.»
Esto nos lleva a una nueva forma de dependencia. Antes, nuestra libertad para movernos dependía de la manguera de petróleo; ahora, va a depender de quién fabrique los chips y quién controle las minas. Pero hay un riesgo más cercano: la red eléctrica. Hoy, el 90% de los operadores de energía dicen que la red ya está al límite[3], y no solo hablamos de enchufar coches.
El vehículo autónomo es un nuevo y voraz competidor energético por un recurso escaso y altamente demandado en nuestras ciudades: la electricidad. Si el coche autónomo necesita estar conectado a internet cada segundo y cargarse en una red que no da más de sí, podríamos perder nuestra independencia. Ya no serás tú quien decida cuándo salir de viaje, sino la capacidad de un servidor o de un enchufe. Pasamos de depender de países con petróleo a depender de unos pocos gigantes tecnológicos que controlan los materiales y tus datos.
En este escenario donde la red eléctrica está saturada y el coche necesita un flujo constante de datos, el papel del parking como activo inmobiliario cambia por completo. Deja de ser un simple gasto operativo o un espacio de espera y se convierte en el lugar estratégico donde se gestiona esa ‘dependencia’: el parking pasa a ser el nodo donde se produce la carga inteligente para no tumbar la red y el puerto físico donde se descargan los terabytes de datos[4]. Es, en definitiva, la infraestructura que permite que el sistema siga respirando.
«El parking deja de ser un gasto inmobiliario para convertirse en la infraestructura donde se gestiona nuestra nueva dependencia energética.»
Volvamos a la analogía del coche automático con el teléfono móvil para analizar la demanda energética. El “cerebro” de un coche con autonomía de Nivel 4 o 5[5] procesa entre 1,4 y 19 Terabytes[6] de datos por cada hora de conducción para poder navegar con seguridad en el complejo tejido urbano. En la práctica es un centro de datos móvil que procesa en tiempo real sensores, cámaras y algoritmos de Inteligencia Artificial. Este sistema consume una parte significativa de la energía almacenada solo por el hecho de mantener el sistema alerta, lo que obliga a la industria a diseñar baterías aún más grandes y pesadas. Una evidencia que nos empuja de nuevo contra el muro de la escasez material.
El fin de la movilidad «independiente»
Finalmente, entramos en la era de la soberanía del dato y el mineral. La movilidad dejará de depender de la manguera de petróleo para hacerlo de quien controle los enchufes, la fábricas de chips y las minas de tierras raras. El cambio es mucho más profundo de lo que parece: no se trata solamente de cambiar una factura en la gasolinera por otra a la compañía eléctrica. No va de quién te vende la energía, sino de quién tiene el control total de tu movimiento. Mal gestionado implicaría el fin de la independencia del transporte privado. Con la nueva movilidad ya no importa quién tiene el petróleo, sino quién tiene la tecnología y los materiales para que el coche se mueva y «piense».
Hasta ahora, nuestra movilidad era un sistema mecánico y sencillo. Si tenías un coche de gasolina y algo de dinero para llenar el depósito en cualquier gasolinera, eras libre de ir a donde quisieras. Nadie podía «apagar» tu coche a distancia.
Con el coche autónomo y eléctrico, esa libertad cambia por tres motivos:
1. Dependencia del Mineral: Tu coche no existe sin materiales como el litio o el neodimio. El problema es que estos materiales solo los controlan unos pocos países. Si ellos cierran el grifo, no hay coches.
2. Dependencia del Dato: Tu coche ya no es solo metal; es un ordenador. Si no está conectado a un servidor central que le diga por dónde ir o cómo actuar, el vehículo no se mueve.
3. Dependencia de la Red: Ya no podrás cargar cuando tú quieras, sino cuando la red eléctrica (que ya está al límite) te lo permita. Tu libertad ahora depende de un enchufe y de un algoritmo.
Gran parte de esta nueva dependencia tiene un nombre: neodimio. Este mineral es el «músculo» invisible de la movilidad moderna. Es lo que permite fabricar los imanes permanentes de los motores eléctricos para que sean potentes y eficientes. Pero no solo mueve las ruedas; es también el que permite que el coche ‘actúe’ por sí solo.
«Sin el neodimio, el coche autónomo sería, literalmente, incapaz de reaccionar: es el músculo que mueve el volante y los frenos.»
Desde los diminutos motores que hacen girar los sensores láser LiDAR[7] para que el coche ‘vea’, hasta los sistemas que mueven el volante y los frenos sin intervención humana, todo depende de la fuerza y precisión que solo el neodimio puede dar. Si el suministro falla o la calidad del mineral flaquea, el coche no solo dejaría de ser eficiente, sino que se volvería incapaz de reaccionar, comprometiendo el control físico del vehículo en plena marcha
La gran paradoja: Autonómicos pero dependientes
Estamos ante una contradicción histórica. Nos venden el vehículo «autónomo» porque el coche podrá desplazarse sin conductor, pero la realidad es que nunca hemos sido tan «dependientes». Es el efecto del «iPhone con ruedas»: Si mañana la empresa tecnológica que gestiona el software decide aplicar una actualización, o si hay un fallo en sus servidores, tu coche podría quedarse bloqueado en el garaje. Antes, si una gasolinera cerraba, ibas a la siguiente. En el futuro, si el gigante tecnológico que controla los datos o la empresa que gestiona la energía deciden restringir el uso para no saturar la red, te quedarás en tierra. Pasaremos de ser conductores libres a ser usuarios suscritos a un servicio que otros controlan desde una oficina a miles de kilómetros.
«Pasaremos de ser conductores libres a ser usuarios suscritos a un servicio que otros controlan desde una oficina a miles de kilómetros.»
Referencias técnicas y bibliografía:
[1] Censo global de vehículos: El dato de los 1.300 millones de coches en circulación proviene del análisis estratégico del McKinsey Center for Future Mobility (The future of mobility, 2023), que estudia la escala de la flota privada global y su impacto en la congestión urbana.
[2] Para un análisis detallado de las proyecciones de materiales, recomendamos el Electric Vehicle Outlook 2025 de BloombergNEF, donde se desglosa el déficit de suministro previsto para el escenario de Emisiones Netas Cero.
[3] Sobre el cuello de botella energético: Según el informe State of EV Charging 2025 de Driivz, la capacidad de la red eléctrica se ha convertido en la principal barrera para expandir la infraestructura de carga. De hecho, el 15% de los operadores de redes de carga ya identifican la falta de potencia disponible como el obstáculo número uno para el próximo año. Esto confirma que, sin una actualización masiva de la red, la implantación del vehículo autónomo y eléctrico tocará techo muy pronto
[4] La transformación del parking: Según el informe Global Real Estate Outlook 2026 de la consultora JLL, estamos entrando en una era de «convergencia de infraestructuras». El reporte destaca que los edificios y parkings deben dejar de ser meros espacios de almacenamiento para convertirse en centros de gestión energética y de datos, siendo la única vía para mitigar la saturación de las redes eléctricas urbanas ante el aumento de la demanda de los vehículos eléctricos y autónomos.
[5] Niveles de automatización (SAE J3016): El Nivel 4 define vehículos que pueden realizar todas las funciones de conducción de forma autónoma en condiciones y áreas específicas (geofencing). El Nivel 5 representa la autonomía total en cualquier entorno donde un humano pueda conducir
[6] Notas sobre el volumen de datos: El cálculo de 1,4 a 19 Terabytes de datos generados por hora de conducción se basa en los requerimientos de procesamiento para la integración de sensores LiDAR, radares y cámaras de alta resolución en entornos urbanos densos. Esta métrica de flujo de datos es un estándar de análisis para la infraestructura de Edge Computing en movilidad, validado en marcos de trabajo como el reporte The Reshaping of Urban Mobility (H. Zunder et al., 2023) y estudios técnicos de arquitectura de datos vehicular.
[7] Sensores LiDAR y la visión 3D: El LiDAR (Light Detection and Ranging) es un sensor láser que escanea el entorno miles de veces por segundo para crear un mapa tridimensional exacto. Esta tecnología es la que permite al coche detectar obstáculos a cientos de metros, incluso en oscuridad total. Según el informe técnico de Velodyne y Luminar (líderes en el sector), un solo sensor de este tipo es el responsable de gran parte de los terabytes de datos generados, ya que debe procesar millones de puntos de luz por segundo para garantizar una seguridad del 99,9%


